Ruta Costa Amalfitana de 8 días en auto
Hay viajes que soñás durante años, y otros que simplemente sabés que vas a hacer. La ruta por la Costa Amalfitana en auto fue un poco de las dos cosas: ganas que venían creciendo y, al mismo tiempo, una certeza. Aunque ya habíamos estado en otras oportunidades, volver con más tiempo, conocer algunas cositas que faltaban, recorrer lo ya conocido a nuestro ritmo, fue una experiencia completamente distinta.
En esta nota te comparto nuestro itinerario de 8 días por la Costa Amalfitana, desde Vietri sul Mare hasta Sorrento, pasando por Ravello, Amalfi, Positano y Capri. Vas a encontrar anécdotas en primera persona, consejos prácticos y pequeños secretos que hicieron que este viaje se volviera inolvidable.
Porque cuando un destino te conmueve, no basta con visitarlo una vez, hay que volver cada vez que se puede. Y eso fue lo que hicimos.

Día 1 – De Matera a Vietri sul Mare
Cerámicas, mar y el inicio de una ruta de ensueño.
Después de unos días intensos y profundamente conmovedores en Matera, nos despedimos de sus piedras milenarias y pusimos rumbo hacia la costa. El paisaje empezó a cambiar poco a poco: las curvas se volvieron más cerradas, el azul intenso empezó a asomar entre las ondulaciones y supimos que estábamos llegando a la Costa Amalfitana.
Nuestra primera escala fue Vietri sul Mare, un pueblo pequeño, pero lleno de color y vida. Vietri es famoso por su tradición ceramista, y basta una caminata por sus callecitas para entender por qué. Cada rincón está decorado con platos, jarrones, murales, fuentes o macetas con dibujos que te hacen frenar a cada paso. Es imposible no tentarse con llevar “solo una cosita”… o salir con una caja entera de recuerdos.
Vietri tiene algo fresco, auténtico. No es un pueblo masificado, y eso se siente. A nosotros nos encantó para empezar la ruta relajadamente.

Mini consejo by Flor:
Vietri se recorre mejor a pie, así que si llegás en auto, buscá algún parking en la parte alta o un poco más alejada del centro. Llevá calzado cómodo y date el gusto de almorzar algo con vista al mar. No es el destino donde dormiríamos, pero sí un gran lugar para parar un par de horas y empezar a sintonizar con la magia de la Costa Amalfitana.
Te cuento un secreto…
No pude resistirme y me llevé un burro celeste de cerámica con alforjas repletas de limones y ajíes. Los limones, claro, símbolo inconfundible de la Costa Amalfitana. Y los ajíes (o eso me dijeron) para espantar la envidia y la mala suerte. No sé si funciona, pero te juro que me saca una sonrisa cada vez que lo veo en casa.
Día 2 – Ravello, una pausa en lo alto
Silencio, vistas infinitas y ese no sé qué que hace bien.
Después del paseo por Vietri, seguimos subiendo por las curvas angostas de la costa hasta llegar a Ravello, donde dormimos nuestras dos primeras noches. Y qué buena decisión fue.
Ravello no está sobre el mar, sino en lo alto de la montaña. Eso lo cambia todo. Apenas llegás, sentís que el ritmo baja, que el aire se hace más liviano, y que podés respirar distinto. No hay tráfico ruidoso ni hordas de turistas. Solo escalinatas, jardines, y balcones que parecen flotar sobre el Mediterráneo.
No era nuestra primera vez en Ravello y nos pasa cuando volvemos a un lugar que se activa algo muy íntimo: una mezcla de sentirte en casa, cariño y alegría. Así nos recibió Ravello esta vez, con la misma calma en el aire y esa elegancia discreta que tanto nos gusta.
Dejamos las valijas en nuestro hotel y salimos a caminar reencontrándonos con su plaza central, su catedral sencilla y encantadora, y los senderos que llevan a las villas más famosas: Villa Rufolo y Villa Cimbrone. Esta vez elegimos volver a Villa Cimbrone justo al atardecer, y nos volvió a deslumbrar. Los jardines siguen tan fotogénicos como siempre, y las vistas, igual de hipnóticas.

Mini consejo by Flor:
Si estás pensando dónde dormir en esta parte de la costa, Ravello es una gran opción. Alejada del bullicio, ideal para descansar sin resignar belleza ni buena ubicación. Desde acá podés moverte fácilmente a Amalfi, Minori o Maiori. Eso sí: preparate para caminar cuestas y escaleras. Pero vale cada paso.
Te cuento un secreto…
En esta vuelta a Ravello repetimos una foto muy especial. En la Terraza del Infinito, esa que parece flotar sobre el mar, nos volvimos a dar un beso en el mismo rincón donde lo habíamos hecho por primera vez hace diez años. A veces los lugares también guardan recuerdos, y volver es como abrir una cajita donde todo sigue ahí, intacto.
Día 3 – Amalfi, Minori y Maiori
Entre cúpulas, limones y paseos junto al mar.
Desde Ravello, bajar hacia Amalfi por las rutas en zigzag es casi un ritual. No es una ruta fácil, desde ya te lo adivierto, pero las vistas del mar entre curvas, los pueblos sobre las laderas, el aroma a limones, compensa cualquier momento de estrés. Nosotros elegimos dedicar este día a recorrer Amalfi, con una escapada tranquila a Minori y Maiori, dos lugares que, aunque menos deslumbrantes, tienen mucho para ofrecer.
En Amalfi, el ritmo es más intenso, pero su encanto sigue intacto. Subimos los escalones de la catedral —imponente y colorida— y paseamos por sus callecitas que huelen a limón y pastelería recién horneada. No hay que perderse la visita al Duomo por dentro, ni el placer de sentarse en la escalinata solo a mirar pasar la vida.
Desde allí seguimos en auto hacia Minori y Maiori, dos pueblos más tranquilos y menos turísticos, ideales para caminar sin mapa ni apuro. En Minori se respira una atmósfera casi familiar, y si te gusta la repostería italiana, no podés irte sin probar algo en la pasticceria Sal De Riso (¡ojo, hay fila!). En Maiori, el paseo junto al mar es simple pero encantador.

Mini consejo by Flor:
Si viajás sin auto, podés bajar desde Ravello hasta Amalfi en bus, taxi o aún caminando. Desde allí, hay ferries que conectan con Minori y Maiori, e incluso un sendero costero entre ambas. Nosotros preferimos recorrer en auto, pero si no manejás, esta puede ser una buena opción para moverte sin estrés. En cualquier caso, hacé estas visitas temprano para evitar el calor y las multitudes.
Te cuento un secreto…
En Maiori nos sentamos a tomar algo en un barcito frente al mar sin ninguna expectativa… y nos terminamos quedando casi una hora sin hablar, solo mirando el agua. Fue uno de esos momentos en los que no pasa “nada” y, sin embargo, pasa todo.
Día 4 – Camino a Positano con parada en Furore
Escaleras al mar, un fiordo escondido y la postal que todos soñamos
Nos despedimos de Ravello y salimos temprano hacia Positano, donde íbamos a dormir la siguiente noche. Pero antes, decidimos hacer una parada especial: el Fiordo di Furore, uno de esos lugares que parecen sacados de una postal y que no siempre están en los itinerarios más clásicos.
La vista desde la ruta ya impacta, pero bajar hasta el agua es otra historia. Escaleras empinadas, paredes de piedra, y el mar que rompe entre las rocas como un secreto bien guardado. No es una playa para pasar el día, pero sí un lugar perfecto para frenar, sacar fotos, y simplemente quedarse mirando.
Después de Furore, retomamos la ruta con dirección a Positano. Después de una curva aparece el pueblo de golpe. La imagen es tan icónica que no necesita presentación: casas color pastel colgando de la montaña, flores, mar turquesa y esa estética que parece pensada para una película… aunque vivirla es mucho mejor.
Nos instalamos en nuestro hotel y salimos a caminar un rato. Cada escalera, cada curva, cada vista al mar desde algún rincón inesperado, te invita a desacelerar.

Mini consejo by Flor:
Si vas a frenar en Furore, tratá de hacerlo temprano (y fuera de temporada si podés). El estacionamiento es limitado y el acceso no es del todo sencillo. Para entrar a Positano, lo mejor es dejar el auto en un parking apenas llegás y moverte a pie. Todo está en bajada (y después, en subida), así que andá liviano y con buen calzado.
Te cuento un secreto…
El primer vistazo a Positano desde la ruta nos sacó un “wow” en voz alta. Pero lo más lindo fue otro momento: cuando bajamos sin rumbo por unas escaleras al azar y terminamos en una placita sin nadie, con vista al mar y buganvillas en flor. No todo lo mágico está en el mapa.
Día 5 – Rumbo a Capri, “mi” lugar en el mundo
Dejamos el auto… y nos entregamos al mar
Después de nuestra noche en Positano, tomamos una decisión práctica y cómoda: dejamos el auto en Sorrento, donde íbamos a cerrar nuestra ruta más adelante, y desde ahí partimos en ferry hacia Capri, ese lugar que, para mí, tiene algo magnético. No sé si es la luz, el mar, las callecitas o los recuerdos… pero cada vez que vuelvo, siento que algo en mí se acomoda.
El cruce en ferry desde Sorrento es corto y panorámico. A medida que vas llegando, sentís que empieza otra etapa del viaje. Capri no se parece a ningún otro lugar. Tiene elegancia, sí, pero también una energía muy particular: todo parece fluir más despacio, es elegante sin pretensiones.
Y como si el destino quisiera darnos una bienvenida especial, ese mismo día reabrieron al público la legendaria Via Krupp, el camino serpenteante que une los Jardines de Augusto con la Marina Piccola. Bajamos por ahí sin dudarlo. Era el primer día de su reapertura después de años cerrada, y vivirlo fue un privilegio. Cada curva regala una vista alucinante del mar y los famosos farallones. Imposible calcular la cantidad de fotos que sacamos a cada tramo y desde cada ángulo.
Terminamos esa bajada épica con un almuerzo relajado junto al mar en Marina Piccola. Todo sabía mejor después de esa bajada épica. Para la subida de vuelta, no hace falta preocuparse: cada 15 minutos salen minibuses que conectan Marina Piccola con la Piazzetta, en pocos minutos y sin esfuerzo.

Mini consejo by Flor:
Si vas a incluir Capri en tu ruta, una excelente opción es dejar el auto en Sorrento. El cruce en ferry es muy cómodo, y moverse por la isla en taxi, minibús o caminando es más que suficiente. Si podés, dormí al menos una noche. Capri se disfruta distinto cuando queda para sólo unos pocos afortunados.
Te cuento un secreto…
Caminar la Via Krupp en su reapertura fue uno de esos momentos que parecen regalos, cuando decís, algo debemos haber hecho bien. No solo por la belleza del lugar, sino porque sentimos que estábamos justo donde teníamos que estar.
Día 6 – Gruta Azul, Anacapri y un atardecer especial
Un día completo en la isla que siempre guarda algo más
Nos levantamos temprano para aprovechar la mañana, y lo primero en la agenda fue la Gruta Azul. Este espectáculo natural, famoso por la intensidad del color del agua, depende muchísimo de las condiciones del mar: si hay oleaje o la marea está alta, no se puede entrar. Por eso conviene ir lo antes posible. Tuvimos suerte. El mar estaba en calma, y pudimos vivir esa experiencia mágica de entrar en la pequeña cueva en un bote bajo, agachándonos al ras del agua para cruzar el umbral. La luz dentro de la gruta es de otro mundo. Literal.
Después de la emoción, seguimos hacia Anacapri, la parte más alta de la isla y, para muchos, la más auténtica. Las callecitas tranquilas, las vistas desde lo alto, las tiendas de artesanos y el ambiente más relajado hacen que valga la pena dedicarle tiempo. Recorremos sin apuro, compramos algo para llevar y bajamos nuevamente hacia la Piazzetta.
Almorzamos en el centro, disfrutando el ambiente elegante pero distendido. Capri tiene ese equilibrio tan raro: te sentís en un lugar exclusivo, pero nunca incómodo. Todo fluye.
Más tarde, cuando el sol empezaba a caer, nos guardamos un momento especial para cerrar el día: el Arco Naturale. Llegar hasta ahí implica caminar, sí, pero el sendero está bien señalizado y lo que espera al final lo vale. Ese arco de piedra, con vistas sobre el mar y el silencio del atardecer, fue el broche perfecto.

Mini consejo by Flor:
Para entrar a la Gruta Azul, andá lo más temprano posible: cuanto más baja la marea, más chances de entrar. En temporada alta, la espera puede ser larga, así que paciencia. Para el Arco Naturale, llevá agua y calzado cómodo: no es una caminata difícil, pero tiene tramos con muchas escaleras. Ideal hacerlo hacia el final del día.
Te cuento un secreto…
En el Arco Naturale, justo cuando pensaba que ya había visto toda la belleza de Capri, nos sorprendió uno de los atardeceres más lindos de nuestra vida. En uno de los tantos bancos que hay en el camino, nos sentamos a charlar con Diego, sin darnos cuenta de que se hacía de noche…

Día 7 y 8 – Torna Sorrento
Una despedida que espero que sea un hasta pronto
Después de despedirnos de Capri, volvimos a Sorrento, donde nos esperaba el auto… y también un reencuentro que nos hizo bien. Porque aunque no tiene el magnetismo de Capri, Sorrento es otro de mis amores en la Costa Amalfitana. Elegante, vibrante y con ese aire acogedor que te hace sentir cómoda desde el primer paso.
Nos instalamos en el hotel —que resultó ideal— y salimos a pasear por ahí. Volver a una ciudad que ya conocés tiene ese encanto: no hay urgencias, ni mapas, ni listas. Solo el gusto de volver a verla. Paseamos por el centro, nos sentamos a almorzar tarde en Piazza Tasso, miramos a la gente pasar, y simplemente disfrutamos del lugar.
Más tarde bajamos a la Marina Grande, uno de esos rincones que tenés que conocer para ver un lindo atardecer. El puerto de Sorrento y el Vesubio es una de las postales emblemáticas de la costa amalfitana.
Terminamos la jornada comiendo en un restaurante espectacular, con copa en mano y brindando por los últimos momentos de nuestro viaje.
Al día siguiente amaneció con cielo gris y viento fuerte, como si la costa también quisiera decirnos que era momento de parar. Esa día de lluvia la pasamos en el hotel, recordando cada tramo de la ruta, con vistas imponentes del Vesubio y la sensación de haber vivido algo realmente especial. Acá me doy cuenta lo importante que es la elección de un buen hotel.
Al otro día, cuando parecía que se venía una tormenta tropical, el hotel fue nuestro refugio. Pasamos la mañana mirando fotos, recordando anécdotas, viendo desde la comodidad de la terraza la lluvia y el viento furioso. Un fin de viaje con un encanto especial.

Mini consejo by Flor:
Sorrento es una excelente opción para el final del viaje. Tiene buena conexión con Nápoles y la posibilidad de hacer excursiones cercanas, pero también es ideal para quedarse quieto. Si podés, elegí alojarte cerca del centro o con vista al mar. Y no te vayas sin probar algún plato con limón: acá, todo lo llevan a otro nivel.
Te cuento un secreto…
Esa última noche estuvimos un largo rato charlando en la terraza del hotel, recordando anécdotas del viaje. Riéndonos de algunas cosas que pasan y no se cuentan… y acá viene la bomba: ya estábamos soñando con los próximos destinos. Porque cuando viajar te hace tan feliz, lo único que querés es volver a vivir algo así. Y ahí, entre copas y vistas al mar, empezó a gestarse lo que vendrá.
Esta ruta por la Costa Amalfitana fue mucho más que un itinerario: fue una colección de momentos que se van a quedar con nosotros por mucho tiempo. Nos reencontramos con lugares que ya amábamos, descubrimos otros nuevos, y vivimos el equilibrio justo entre paisajes, relax, gastronomía y emoción.
Y como suele pasar cuando algo te hace bien, al final no querés que se termine. Pero también sabés que no es un final: es solo el cierre de una etapa. Porque mientras tomábamos la última copa en Sorrento… ya estábamos soñando con la próxima aventura.
